Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras le suplicaba a su padre. «¿Por qué yo?», sollozó, pero él permaneció frío. «Călin necesita una esposa, y tú necesitas un propósito», le dijo con dureza. Elena nunca había conocido a Călin; solo había oído historias de su solitaria vida en las montañas. El corazón le latía con fuerza por el miedo; casarse con un desconocido y cuidar de sus hijos le parecía un castigo que no merecía.
La boda fue un borrón. Elena, con un sencillo vestido y manos temblorosas, escuchaba los susurros de los aldeanos. Calin, alto y silencioso como una roca, apenas hablaba. La bondad se reflejaba en sus ojos oscuros, pero Elena estaba demasiado aterrorizada para notarla. Sus hijos, María, de ocho años, y Beni, de cinco, se aferraban a él, mirándola con incredulidad. Se sentía como una extraña en una familia que no la quería.
La pequeña casa en la montaña era pequeña, fría y estaba lejos del pueblo. Elena luchaba por adaptarse. María y Beni la ignoraban, llorando constantemente por su madre. Calin siempre estaba cazando o cortando leña, dejándola sola con las tareas domésticas. Se sentía sola, y el peso de la casa le dificultaba moverse. Por la noche, lloraba en silencio, preguntándose si su vida sería ahora un matrimonio sin amor, en una casa que parecía una prisión.
Elena intentó acercarse a los niños. Horneó galletas y, con manos temblorosas, les ofreció algunas. María rió irónicamente: «No eres nuestra madre». Y Beni se escondió tras su hermana. Elena se sintió destrozada, pero no se rindió. Recordó su solitaria infancia y se prometió paciencia. Poco a poco, comenzó a dejarles pequeños regalos: palos tallados, flores silvestres, con la esperanza de ganarse su confianza.
